lunes, 6 de febrero de 2012

Utilidad y Significado :: Regina Bolaños


Quisiera comenzar resaltando el enorme cambio que ha sufrido el diseño en las últimas décadas. Si hace poco más de un siglo no se concebía nada diseñado sin obedecer a su función, de manera eminentemente práctica; hoy parece que la función es lo esperable, pero casi es más esperable que el diseño nos cautive o emocione. Y no digo emocione en un sentido de sorpresa y agrado, sino más bien en todo un elenco de emociones y sentimientos que tantos objetos nos evocan.

Me resulta fácil pensar en unas cuantas cosas que me encantan -y estoy seguro de que cualquiera podría hacer lo mismo- y en las que la función es algo secundario. Sin duda todos tenemos aparatos u objetos que compramos por la fascinación del diseño, del colorido, porque nos recordaba algo o a alguien... Y es que el ser humano es marcadamente emocional. Se me ocurre como ejemplo cualquier oso de peluche o juguete que tantos hemos tenido y que a pesar de no ser el más bonito, o ser áspero, o de color desgastado y con manchas, supone para nosotros un fuerte recuerdo de nuestra niñez y sólo por ello le tenemos un especial cariño y apego, y sufriríamos en caso de perderlo. Aparentemente, nuestro oso sería fácilmente sustituible, incluso por uno mejor, pero es que para nosotros tiene un valor interno y más profundo que las cualidades intrínsecas del objeto. Y éste es sólo el principio de un amplio abanico de detalles y concepciones que cambian nuestra visión de cualquier cosa susceptible de ser diseñada.

Me viene a la cabeza el ya recurrente universo Apple. Seguro que muchos nos paramos a pensar si realmente el iPod será el mejor reproductor de mp3 o si nuestro Mac será lo mejor del mercado. ¿Tenemos respuesta? Sí. Pero marcadamente emocional. ¿El diseño obedece a la función? Pues no necesariamente, puesto que un diseño más feo o bonito podría hacer el mismo trabajo, pero el hecho es que aún preguntándonos por razones objetivas y lógicas, si nos hemos enamorado de su diseño, es muy probable que sea nuestra compra finalmente.

No podríamos determinar con exactitud el grado en el que a cada individuo le afecta una emoción. Esto se debe a que no parece fácilmente cuantificable el nivel de atractivo que tiene un objeto para cada usuario, porque como bien reza la famosa frase: “para gustos, los colores”. Pero aún iría más lejos. Como bien nos mostraba el texto, un producto con un diseño o una campaña publicitaria que funciona bien en un lugar, puede convertirse en ofensiva o insulsa y descafeinada en otro.

Quizá aquí lo importante sería enfocar muy bien nuestro producto y para ello estoy segura de que hace falta estudiar el mercado al que queremos dirigirnos. Se me ocurre citar ejemplos como el de los refrigeradores de Electrolux, que se toparon con la realidad de que no podían hacer un producto único puesto que no existe un mercado único. Las costumbres alimentarias marcaban las diferencias. Pero la verdad es que en este universo del comercio global hay muchos más, incluso fuera del ámbito del diseño. Recuerdo, por ejemplo, el caso de McDonald's y su estrepitoso fracaso en Bolivia donde, tras varios años de cambiar sus productos y campañas, tuvieron que marcharse con la cabeza agachada. Y es que, simple y llanamente, el tipo de productos que ofrecían; enfrentados a la tradición y fuerte arraigo de comer productos de su tierra y de elaboración casera y artesana; no tuvieron ninguna oportunidad.

Qué importante es la disposición, costumbres y bagaje cultural de un mercado. En el texto veíamos varios ejemplos que tienen que ver con países asiáticos, donde se da un valor inmenso a las tradiciones ancestrales. Pero es que fuera de lugares con una cultura tan marcada también se pueden encontrar numerosos ejemplos. Usando un ejemplo también del texto, como el de la industria automovilística, me vienen a la cabeza las grandes diferencias entre países y continentes. Modelos únicos para determinados países, imposibles de encontrar en otros, adaptaciones de piezas y acabados respecto a un lugar u otro, diferencias estéticas en un mismo modelo al cambiar de mercado, etc. Y es que los alemanes puede que estén convencidos de que hacen buenos coches tal como los venden allí, pero aún así saben de la importancia de adaptarse a las necesidades de un mercado. Así, muchos de sus modelos adoptan una suspensión más blanda para países americanos, donde se valora mucho el confort. Igual pasa con muchos modelos japoneses, que a pesar de recibir la misma denominación, adaptan sus faros, o detalles de ergonomía y acabados, a los distintos mercados donde venden sus productos.

Resumiendo diría que el diseño ha de ir acompañado de un funcionamiento correcto, obviamente; pero no podemos olvidar nunca ninguno de los factores que tanto determinan el éxito o fracaso de un producto en cada mercado. El diseñador ha de vestir bien su producto; no sólo debe hacerlo funcional y práctico; ha de ser bonito, contener detalles que puedan diferenciarlo y tener en cuenta las posibles modificaciones que sean necesarias según dónde quiera comercializarlo. Al fin y al cabo, el mercado marca mucho las pautas a seguir y, aunque algunos productos si puedan adoptar un diseño globalizado, no cabe duda de que muchos otros necesitarán una personalización que agrade al destinatario.

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